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Historias para disfrutar

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Así nace una zamba con nombre propio

  En un lugar, en el corazón salteño de los valles calchaquíes, vive entre añoranzas de carnavales pasados y las vicisitudes del presente que la obligan a ganarse el pan a fuerza de criar chivos, carpir la huerta, vender lo que puede de lo que produce y trabajar la montaña para que esta no le devore lo poco que tiene.
Es uno de esos personajes sin rostro para la memoria popular que sirvieron de nutriente a los poetas nativos, sin embargo para quienes conocen y disfrutan del cancionero folklórico tradicional, el alma y el mensaje estallan en toda su intensidad en una de las zambas mas hermosas surgidas de la inspiración del inolvidable poeta salteño Manuel J. Castilla y del compositor Gustavo Leguizamón.
La mujer, de rostro inexplorado tiene hoy 56 años. Es menuda y ágil; habla poco, lo imprescindible pero de corrido.
Sus rasgos son inconfundiblemente púnenos: manos fuertes, mejillas huesudas, piel reseca color café y pelo renegrido como sus ojos.
Vive con su esposo, Avilo Choique, en una casa de adobe alejada del pueblo, allá donde la falda de la montaña advierte que uno esta a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.
La historia cuenta que hace muchos años, cuando el lugar era poco mas que un caserío una muchacha hermosa como un atardecer de otoño, bajaba con su caballo blanco de la quebrada, cantando carnavalitos y tocando su caja, que todavía conserva.
Eran días de carnaval en el pueblo y la gente bailaba y disfrutaba en las calles de tierra ajadas y calientes, pero desbordadas de fiesta.
Castilla que había viajado especialmente a ese lugar para vivir en carne propia esos carnavales, quedó impactado por aquella escena.
Al poco tiempo nació la zamba.
Esta mujer supo de esa composición varios años después. Se dice que unos 15 años mas tarde cuando alguien se la leyó y se la canto.

“ ya no se ven carnavales como los de antes. – se lamenta esta mujer –

Yo sigo cantando, bajo al pueblo para las fiestas pero veo que no hay la alegría de antes. Es tan lindo cantar y bailar, nace del alma y prolonga la vida...”
Se entristece, se queja en realidad por la poca fortuna que le deparo la zamba. “nunca recibí nada a cambio. Ha venido gente a verme, a preguntarme una y mil veces las mismas cosas. Al Cuchi lo vi una sola vez, y de Castilla, la verdad no me acuerdo”.
El mundo retratado por el poeta hace casi 36 años sufrió muchas modificaciones. “se agotaron los pastizales que servían de alimento a los animales y por eso tuve que buscar otros lugares en la montaña, mas arriba”, cuenta resignada.
De esa casa primitiva solo quedo el sauce y las flores de alfalfa ya no alfombran como antes. Y como esta escrito en su zamba cantando y desencantando se le entreveran las penas.

De aquellos días de fiesta carnavalesca, esos que hoy ella añora, se ocuparía mas tarde Castilla, cuando escribió ¿Cómo era?.

Carnavaleaban. De El Trigal, de Saladillo, de Esquina Azul, bajaban los jinetes. Riendas y Bozales, algunos pura plata, saltando desde la negrura del caballo, lleno de temblores y luminoso.
En la quietud de las calles estallaron las voces de las mujeres.
Carnavaleaban las cabalgaduras siguiendo los vaivenes del canto, sobre el que marchaban los golpes turbios de las cajas...
Era de ver la gente. Y de oírla. Ver añares de silencio volverse bulla de golpe. Todo alegre como la tierra cuando le llovía. Era así en La Poma.

Ese era el mundo de Eulogia Tapia, La Pomeña.